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DIVINIDADES VEGETALES EN LOS DISTINTOS PUEBLOS



   Como ya se ha dicho anteriormente, en los tiempos antiguos Europa estaba cubierta por grandes bosques, inmensas selvas vírgenes con escasos claros en las que el hombre sentía la fuerza de la naturaleza y el temor de su insignificancia. Selvas pobladas de misterios y peligros, inundadas por sombras y luces fugaces que parecían habitadas por duendes, ninfas, espíritus de la vegetación y de las aguas.  A través de estas experiencias, el hombre creó sus primeros santuarios dentro del bosque, sus primeros mitos y sus primeras leyendas.
Cada pueblo interpretó la realidad de una forma distinta según su entorno y veneró aquellos árboles que tenían unas características especiales dentro del bosque. 
Esta forma de paganismo se ha mantenido hasta fechas muy recientes en Europa, e incluso en la actualidad, ya olvidados los motivos originales, seguimos algunas de las tradiciones ancestrales como el abeto y el tronco dulce de Navidad, el Mayo, o tronco que se levanta en la plaza de los pueblos en el mes de mayo, los cipreses y los tejos que flanquean los cementerios, los “árboles de la Libertad”, que se plantaron durante la Declaración de los derechos humanos en 1789, los “árboles de la Victoria”, etc.  También existen, todavía, oratorios o capillas fijadas a los troncos de robles o dentro de los árboles[1], ermitas vinculadas a un árbol y cientos de ejemplos más en cualquier población europea.
Pueblos, que por su circunstancia concreta, no se cristianizaron hasta muy tarde, como por ejemplo los lituanos (cristianizados a finales del siglo XIV) mantuvieron el culto a determinados
árboles, que consideraban morada de los dioses, y a los que se ofrecían sacrificios de animales para obtener su protección o como acción de gracias.
Un árbol se convierte en sagrado sin que por ello deje de ser árbol, solamente lo es por aquello que manifiesta,[2] y los lugares sagrados lo son en cuanto que constituyen un microcosmos. Normalmente, a estos se asocia una divinidad, como símbolo de fertilidad inagotable y así, tenemos:
  •  En la India, diosas desnudas junto a una Ficus religiosa , también Buda, que encontró la iluminación debajo de una higuera.
  •  En África, diosas–árbol asociadas a árboles de látex, símbolos de la maternidad divina.
  •  En la tradición judeo-cristiana la fuente rodeada de árboles frutales. El árbol de la vida en medio del jardín, con el árbol del conocimiento del bien y el mal.
·          En Egipto, Hathor en un árbol celeste (árbol de la inmortalidad) da de  comer y beber al alma del muerto.
  •   En Mesopotamia, Gilgamesh encuentra un árbol milagroso en un jardín y junto a él a la divinidad Siduri.
  •   En Grecia, Calipso se revelaba en el centro del mundo junto al árbol de la vida. Cada divinidad tenía su representación en un árbol determinado: Zeus, el roble; Atenea el olivo; Artemisa el cedro y el nogal; Poseidón el fresno; Hades el ciprés; Hera el chopo, etc.
  •   En Roma, cada dios tenía también un árbol simbólico. En el foro romano se dio culto a la higuera de Rómulo hasta la época imperial.
  •   En Germania, el fresno estaba consagrado a Odín y el roble a Thor. Los tribunales de los antiguos eslavos, celtas y germanos se reunían a la sombra de un viejo roble sagrado.
  • En España tenemos numerosos ejemplos de apariciones marianas sobre      árboles:    -   el castaño de la Espina (Asturias), donde se apareció la virgen de Loreto
-          el santuario de la virgen de la Encina (Álava)
-          nuestra señora del Roble (Pruit)[3]
-          nuestra señora de los Olmos (Guadalajara)

Las diosas, como símbolos de fertilidad, estaban especialmente vinculadas a la vegetación y a los árboles. Cibeles, por ejemplo, fue una gran diosa asiática de la fertilidad, que tenía su morada principal en Frigia, cuyo culto fue adoptado por los romanos el año 204 a. C., después de las guerras con Aníbal. Posteriormente, el emperador romano Claudio incorporó a la religión oficial el culto frigio al árbol sagrado con lo que en primavera se celebraba  en Roma el gran festival de Cibeles y Atis, cortando un pino del bosque y llevándolo al santuario de Cibeles para celebrar los ritos de muerte y regeneración. Este culto de la gran madre de los dioses fue muy popular en el Imperio romano, no sólo en Roma, sino también en todas las provincias romanas, incluida España (todavía tenemos la imagen de Cibeles en Madrid) y sobrevivió al establecimiento del cristianismo por Constantino.
Otra de las grandes diosas fue Diana Nemoresis o Diana del Bosque, sobre la que trabajó J.G. Frazer en su libro La rama dorada, y que tenía un santuario con un árbol sagrado (un roble) en el bosque, cerca de la actual población de La Riccia, guardado por un sacerdote guerrero, al que sólo se podía sustituir si era muerto por un adversario.

Diana reinaba y cazaba en su bosque (como Artemisa en Grecia) acompañada de otras divinidades menores, como Egeria. En su santuario se le hacían ofrendas votivas (representaciones en arcilla de las partes del cuerpo que habían sido sanadas), se le encendían lamparillas y se tomaban las aguas de un manantial medicinal que brotaba muy cerca.
Toda la antigüedad está repleta de estos ejemplos, pero quizá el árbol más representativo de estos cultos es el Roble.
  El roble es un árbol magnífico en todas sus características:
   1.Tiene raíces profundas y fuertes y la forma de sus ramas equivale al de su sistema radicular.
  2.Tiene una madera dura y de gran densidad, que resiste muy bien los cambios de humedad.
  3.Tiene capacidad de regenerarse, rebrotando a partir de su tronco. En él conviven muchas especies animales y vegetales.
  4.Las hojas tienen una gran susceptibilidad a un tipo de influencias externas, las picaduras de insectos. El roble genera un tejido esférico que protege el huevo depositado en la agalla y a la larva de la avispa hasta que sale.
mmmm5.Es uno de los medios con mayor cantidad y diversidad de hongos.
6.Desempeña un gran papel como productor, protector y aliado de los cultivos. Su sombra, muy ligera permite el crecimiento de otros vegetales sin ahogarlos, favorece la germinación y el crecimiento de las plantas asociadas.
 
Los griegos y romanos lo relacionaron con su dios máximo Zeus o Júpiter, divinidad del cielo, de la lluvia y del trueno. Su santuario estaba en Dodona, donde las tormentas son más frecuentes que en cualquier otra parte y sus fieles le rogaban por la lluvia en tiempos de sequía, tal vez, porque el roble crece allí donde se agolpa la humedad. En la Italia antigua todos los robles fueron consagrados a Júpiter, en la Europa central, entre los germanos, el jefe de los árboles sagrados era un roble y entre los celtas de la Galia, no había nada tan sagrado para los druidas como el muérdago y el roble sobre el que crecía. Así, podríamos citar, además, a eslavos, lituanos y demás pueblos del tronco ario.
Todos los árboles por su poder de regeneración, y especialmente el roble,         encarnan la  vida inagotable (la fecundidad, la riqueza, la suerte, la salud).
Para el hombre antiguo, todo está en continua regeneración, y por lo tanto hay que expresarlo por medio de las plantas, ya que son el máximo exponente de la  regeneración.




[1] En 1970 se inventariaron en Francia, sobre todo en Normandía, 70 oratorios o capillas. FISCHESSER, B.: EL ÁRBOL
 Ed. Drac. Madrid, 2000.  
[2] Eliade, M.: Lo sagrado y lo profano. 
[3] Los tres primeros ejemplos están tomados de Abella, I.: La magia de los árboles, donde cita que ha contado más de cien imágenes de vírgenes encontradas en árboles.

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