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AXIS MUNDI, EL MISTERIO DEL ÁRBOL EN LA ANTIGÜEDAD








  "Si pasas por un bosque poblado de añosos árboles extraordinariamente altos, cuyas entralazadas ramas te roban la vista del cielo, la inmensa extensión del bosque, el silencio de aquel paraje y aquella sombra tan grande y tan densa en medio del campo, te hacen conocer que existe un Dios. Si ves una gruta abierta sin arte y por mano de la naturaleza, que con piedras resquebrajadas y corroídas sostiene suspendida una montaña, en el acto te invade cierto sentimiento religioso. Siéntese veneración por el nacimiento de los ríos; álzase altares en los puntos donde algunos manantiales surgen bruscamente del suelo; tribútase culto a las fuentes de aguas calientes; existen estanques consagrados a causa de la oscuridad y profundidad de las aguas"  (ver Autores y sus Textos: Séneca, Epístolas morales, 41)

   En las últimas décadas la tecnología ha avanzado tanto que el ser humano ha creído que podía vivir dando la espalda a la Naturaleza. Ya no necesitamos las plantas, ni  los animales, ni  los ríos, ni  los montes, pues con ir al supermercado o a los comercios especializados encontramos todo lo necesario para satisfacer nuestras necesidades. La Naturaleza entera está, pues, subordinada a las demandas del Hombre, que la manipula a su antojo, creando o destruyendo lo que le parece oportuno, sin ningún escrúpulo, según los mercados. Para el hombre moderno, el Universo no constituye un cosmos, es decir, una unidad viva, sino que simplemente es la suma de las energías del planeta y su única preocupación consiste en que no se agoten los recursos económicos.
Sin embargo, el hombre de las sociedades primitivas sabía que no era más que una criatura en medio de la magnitud de la Naturaleza, el espacio y el tiempo; y ese sentimiento de nulidad, admiración y temor por lo que no comprende lo manifiestaba dando un carácter sagrado a casi todas las cosas que le rodeaban, especialmente a las que tienen poder para alimentar, para curar o para vivir, porque sagrado equivale a “potencia”, y lo sagrado está saturado de “ser”. 
Sagrado es, por definición, todo aquello que por su destino o uso es digno de veneración y respeto, y también todo lo que  con gran dificultad se puede alcanzar por medios humanos. Todavía hoy día decimos: “no toques eso que es sagrado”, cuando hemos conseguido algo con mucho esfuerzo, o le profesamos un cariño o respeto especial.

Lo sagrado es aquello que no es profano, es decir, cualquier objeto donde se manifiesta lo sagrado, donde existe una hierofanía (del griego hieros=sagrado, y phainomai = manifestarse), y que puede ser una piedra, un árbol, o cualquier otra cosa, sin que por ello deje de ser lo que es.
Los árboles, por ejemplo, son sagrados por múltiples razones, y no sólo porque sus hojas, su corteza o su fruto puedan servir de alimento o tengan propiedades medicinales. Para el hombre de la antigüedad uno de los mayores misterios es, sin duda, la creación de la vida, ya que no la concibe como una breve aparición en el tiempo, sino que la siente como una continuidad entre una existencia anterior y otra que se prolonga más allá. Para él el cosmos es un organismo vivo, que se renueva periódicamente y por eso el árbol es la mayor y mejor manifestación de esa renovación continua sin que llegue a perder su esencia, es decir, móvil e inmovil a un tiempo.
Quercus ilex ballota (El Pobo de Dueñas)



Al árbol se le han dado múltiples simbolismos en todas las culturas desde tiempos inmemoriales debido a su magnitud, fortaleza, regeneración, longevidad, relación con los elementos, etc., y cada una de esas virtudes ha expresado una de las cualidades humanas: sabiduría,  juventud, vida…          Así, encontramos en Mesopotamia el árbol de la vida;  en Asia y en el Antiguo Testamento el árbol de la inmortalidad  y también el árbol de la sabiduría;  en la India e Irán el árbol de la juventud.  Estos símbolos han persistido a través de los tiempos, añadiendo significados nuevos, según las culturas y los momentos históricos, pero sin perder el simbolismo original; por citar sólo unos ejemplos tenemos hoy día el abeto y el acebo en las fiestas navideñas, como símbolos de inmortalidad, debido a que sus hojas  están siempre verdes (los romanos intercambiaban hojas de acebo en el festival de diciembre llamado Saturnalia y los primeros cristianos adoptaron esta tradición posteriormente) y los mayos en las festividades primaverales, como símbolo de regeneración del cosmos. 
El árbol de la vida, Gustav Klimt

El hombre de las sociedades tradicionales es, ante todo, un homo religiosus, y como tal necesita repetir el mito de la creación (al principio fue el caos) en cada cosa que hace o que emprende, para separar así el caos del orden. Cuando se establece en algún lugar le es necesario sacralizar ese lugar por medio de ritos, para delimitar el espacio sagrado del resto. Ese espacio sagrado, entonces, existe absolutamente, frente a la “no” realidad del resto del mundo. Estos mismos ritos, no nos asombremos, los repetimos hoy día sin saber por qué; así, celebramos la fundación de un edificio poniendo la primera piedra, el nacimiento de un hijo, de una empresa, o de un comercio, el fin de carrera (que es inicio de otro tipo de vida) o mil cosas más. Aparentemente, es sólo una fiesta, pero en realidad lo que estamos haciendo es sacralizar ese comienzo (representar la creación del mundo) para que tenga existencia plena y sea propicio a los buenos augurios, que están establecidos dentro del orden y no del caos; porque lo sagrado es potencia, fuente de vida y de fecundidad.
El árbol tuvo en todo esto, y en cierta medida sigue teniendo, una importancia capital, como unión de los tres niveles cósmicos: cielo, tierra y regiones subterráneas. Fue el AXIS MUNDI  (eje del mundo), la columna cósmica que sólo puede situarse en el centro del “universo”, ya que la totalidad del mundo habitable (sagrado) se extiende alrededor de ella; por eso en las plazas mayores de los pueblos, o en algún lugar cercano al pueblo, ha existido siempre un árbol centenario donde se hacían los tratos o se reunían los concejos.
El árbol ha sido, pues, un elemento fundamental en la historia de los pueblos; muchas mitologías, muchas creencias, muchas religiones se han desarrollado alrededor del árbol. El árbol lo da todo: cobijo, alimento, curación, materiales, animales y plantas asociados a él, bebidas alcohólicas, aceites… y especialmente unión con lo espiritual; no en vano, ha sido el árbol el elegido para  muchas  manifestaciones marianas.
En la antigua Roma tenemos muchos ejemplos: la higuera, el roble, la encina, el cornejo, el sauce, el chopo, el olivo, etc., que dieron lugar a los nombres de las colinas y a muchas leyendas. No podían cortarse ni podarse los árboles sin hacer previamente un sacrificio propiciatorio acompañado de una súplica (Catón, R.R., 139); los bosques sagrados públicos se regían por las mismas normas que los templos, tenían asignados un sacerdote y se consagraban oficialmente. En los bosques sagrados se celebraban asambleas: los latinos se reunían en los bosques de Ferentina y en Roma se convocaba al pueblo en el bosque de Poetelius.
En las leyes de la naturaleza veía el hombre antiguo el principio de las leyes no escritas que rigen todas las cosas, incluido el Hombre.




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